Publicado el 16/05/2025 por Administrador
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Con flores en las manos, lágrimas en los ojos y aplausos que se prolongaron por minutos, miles de uruguayos salieron a las calles para rendir un último adiós a José “Pepe” Mujica, el expresidente que se convirtió en símbolo de honestidad política, coherencia ideológica y humanidad en el ejercicio del poder. Mujica falleció el pasado 13 de mayo a los 89 años, tras varios meses de batalla contra un cáncer de esófago.
Desde primeras horas de la mañana, la capital Montevideo se transformó en un escenario de respeto, cariño y memoria colectiva. La Plaza Independencia, punto de partida del cortejo fúnebre, se convirtió en un mar de banderas celestes y pañuelos blancos, muchos con frases como “Gracias, Pepe” o “Hasta siempre, compañero”. El féretro, cubierto con la bandera de Uruguay y la de Artigas, fue acompañado por su esposa, Lucía Topolansky, su familia y miles de ciudadanos que lo siguieron en procesión hasta el Palacio Legislativo.
Durante dos días, la sede parlamentaria albergó la capilla ardiente, donde más de 50.000 personas —de todas las edades y condiciones— desfilaron en silencio para despedirse del líder que se negó a los privilegios del poder. Flores, cartas, fotografías y pequeños recuerdos fueron dejados junto al ataúd como gestos personales de gratitud. La ceremonia, tal como él lo había solicitado, se desarrolló sin símbolos religiosos, fiel a su profundo respeto por el laicismo y la libertad individual.
Entre los asistentes se destacaron figuras de la política internacional. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, viajó expresamente desde Asia para asistir al sepelio, describiendo a Mujica como “uno de los hombres más íntegros y sabios que ha conocido”. También estuvo presente el mandatario chileno Gabriel Boric, quien reconoció en Mujica “una brújula moral en tiempos donde la política suele perder el norte”.
La despedida no fue solo institucional. También fue emocional y colectiva. En distintos barrios del país, se organizaron vigilias, homenajes espontáneos, murales y actos culturales en su honor. Mujica no solo fue presidente entre 2010 y 2015; fue también una figura transversal en la historia reciente de América Latina. Exguerrillero tupamaro, prisionero durante 13 años en la dictadura, senador, ministro y, por encima de todo, un hombre del pueblo.
Su presidencia se caracterizó por una gestión con sello progresista y transformador. Legalizó el matrimonio igualitario, reguló el consumo de marihuana, promovió la despenalización del aborto y mantuvo una férrea defensa de la justicia social. Todo ello sin renunciar a su vida austera: siguió viviendo en su chacra en las afueras de Montevideo, conduciendo su viejo Volkswagen Escarabajo y donando gran parte de su salario a organizaciones sociales.
En sus últimos días, Mujica pidió no ser idealizado ni convertido en mito. “El hombre se va, la causa queda”, solía repetir. Por voluntad propia, su cuerpo será cremado y sus cenizas esparcidas en su tierra natal, Rincón del Cerro. Un acto simple y poético, como su vida.
Uruguay ha perdido a uno de sus más grandes. Pero el mundo ha ganado una historia para contar. Una historia que nos recuerda que la política también puede hacerse con el alma y que los líderes más grandes no necesitan mármol ni oro, sino humanidad.